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La vida nómada en el cine: libertad, hogar y pertenencia

¿Por qué el cine retrata a menudo la vida nómada desde la adversidad? De Vagabond a Nomadland, una reflexión sobre libertad, hogar, estabilidad y pertenencia.

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Hay algo recurrente en la forma en que el cine representa a quienes abandonan una vida estable para vivir en movimiento.

A veces la sombra es la pobreza. Otras, la soledad, el trauma, la exclusión o directamente la muerte.

No se trata de que el cine condene el nomadismo. Al contrario: siente una fascinación evidente por la carretera, los espacios abiertos, la ruptura con lo convencional y la posibilidad de empezar de nuevo.

Pero esa fascinación suele venir acompañada de una condición silenciosa:

puedes marcharte, pero tarde o temprano tendrás que llegar a alguna parte.

Y quizá sea ahí donde empieza la parte más interesante.

El nómada como figura trágica

En Vagabond -Sans toit ni loi-, de Agnès Varda, Mona ha decidido vivir desplazándose, sin hogar fijo y sin someterse fácilmente a las estructuras que la rodean.

Hay algo radicalmente libre en ella.

Pero conocemos su destino desde el principio: aparece muerta.

Varda evita convertirla en víctima o heroína. La película es mucho más ambigua que eso. Sin embargo, la asociación queda planteada: vivir fuera de las estructuras convencionales implica también quedar expuesto a sus márgenes.

Décadas después, esa idea reaparece en Into the Wild.

La libertad que termina en Alaska

Christopher McCandless abandona buena parte de su vida anterior, renuncia al dinero, atraviesa Estados Unidos y termina intentando vivir solo en Alaska.

La película de Sean Penn construye alrededor de él una imagen poderosa: naturaleza, carretera, simplicidad, rechazo del materialismo y búsqueda de autenticidad.

Resulta difícil no sentir cierta atracción por esa libertad.

Pero sabemos cómo termina.

McCandless muere solo.

Conviene además evitar la versión simplificada según la cual todo se debió a haber comido unas semillas venenosas. La autopsia señaló inanición y posteriormente aparecieron distintas hipótesis sobre el posible papel de determinadas semillas en su deterioro.

Para la lectura cultural, sin embargo, importa menos la explicación exacta que el significado que adquirió la historia.

La libertad extrema termina convertida en aislamiento.

Y el aislamiento, en advertencia.

Quizá por eso Into the Wild resulta tan poderosa: no permite separar fácilmente la belleza del viaje de las consecuencias de llevar ciertas ideas hasta el límite.

Nomadland y una diferencia importante

Nomadland, de Chloé Zhao, introduce un matiz distinto.

Fern no comienza su vida móvil como resultado de una rebelión romántica. Llega a ella después de una pérdida personal y del colapso económico de la comunidad donde vivía.

La película muestra frío, trabajos temporales, dificultades económicas, vehículos averiados y una existencia que en ningún momento pretende parecer cómoda.

Podría entenderse fácilmente como otra visión pesimista del nomadismo.

Pero hay algo que complica esa lectura.

Fern tiene oportunidades para regresar a una vida convencional.

Y no lo hace.

El camino comienza como consecuencia de unas circunstancias, pero poco a poco se convierte también en una elección.

La película introduce además un elemento que a menudo desaparece de este tipo de relatos: la comunidad.

Los personajes se encuentran, se ayudan, comparten conocimiento y vuelven a separarse sin que eso elimine el vínculo.

No tener residencia permanente no implica necesariamente no pertenecer a ningún sitio.

En ese sentido, Nomadland ocupa una posición particularmente interesante. Mantiene la precariedad, el duelo y la incertidumbre, pero deja abierta otra posibilidad:

quizá Fern no necesite ser rescatada de su forma de vida.

Tracks y la necesidad de encontrar una explicación

Tracks plantea otra variante.

Robyn Davidson atraviesa miles de kilómetros del desierto australiano acompañada principalmente por camellos y un perro.

Aquí el viaje está relacionado con autonomía, curiosidad, riesgo y capacidad.

Sin embargo, incluso en una historia así aparece una tendencia cultural reconocible: la necesidad de encontrar una causa profunda que explique por qué alguien decide marcharse.

La propia Davidson ha cuestionado que la adaptación cinematográfica relacionara demasiado su viaje con experiencias traumáticas.

Ese detalle resulta revelador.

Cuando alguien abandona voluntariamente una vida sedentaria, una de las primeras preguntas suele ser:

¿de qué está huyendo?

Mucho menos habitual es preguntarse:

¿qué está buscando?

Y menos todavía considerar la posibilidad de que no esté huyendo ni buscando nada en particular.

Que simplemente prefiera vivir de otra manera.

Un problema narrativo

Quizá el cine no tenga realmente un problema con el nomadismo.

Quizá tenga un problema con la ausencia de destino.

La estructura narrativa tradicional necesita movimiento, pero también resolución.

El personaje se marcha, aprende algo y regresa.

O encuentra una nueva casa.

O forma una pareja.

O reconstruye una comunidad.

O muere.

La carretera funciona extraordinariamente bien como transición.

Resulta más difícil convertirla en estado permanente.

Por eso aparecen con frecuencia figuras reconocibles: el nómada trágico, el fugitivo romántico, el desplazado económico, el explorador.

Lo menos habitual es algo mucho más sencillo.

Una persona que vive en movimiento y está bien.

Sin tragedia original.

Sin caída inevitable.

Sin necesidad de encontrar una nueva identidad.

Sin que la historia sugiera que algún día tendrá que regresar a una vida más “real”.

La figura que falta

Quizá exista un arquetipo que nuestra cultura todavía no ha terminado de construir.

El del nómada sostenible.

No como fantasía romántica, sino como una persona capaz de convertir la movilidad en una forma de estabilidad.

Alguien que entiende que libertad e improvisación no son sinónimos.

Que moverse no significa estar aislado.

Que vivir con menos cosas no equivale a vivir en la pobreza.

Que no tener una dirección permanente no implica carecer de hogar.

Una vida móvil exige, de hecho, bastante más estructura de la que suele imaginarse desde fuera.

Recursos, planificación, tecnología, documentación, salud, dinero, relaciones, capacidad para adaptarse y una forma particular de gestionar el riesgo.

Quizá por eso existe una diferencia importante entre escapar y desplazarse.

Desde lejos pueden parecer lo mismo.

Desde dentro, probablemente no lo sean.

El hogar como concepto

Buena parte de esta tensión nace de una asociación profundamente arraigada:

estabilidad geográfica = estabilidad personal.

La casa, el trabajo, el barrio, los objetos acumulados con el tiempo.

Son símbolos poderosos de continuidad.

Pero no necesariamente los únicos.

Una persona puede permanecer décadas en el mismo lugar y sentirse profundamente desarraigada.

Otra puede atravesar continentes y mantener una sorprendente sensación de continuidad.

Tal vez el hogar tenga menos que ver con unas coordenadas de lo que solemos asumir.

Puede estar en determinadas personas.

En rutinas.

En objetos que viajan contigo.

En una forma reconocible de empezar cada mañana.

En saber reconstruir cierta familiaridad en lugares desconocidos.

La cuestión no sería entonces si alguien tiene hogar, sino qué necesita para sentir que está en él.

Una pregunta distinta

Durante mucho tiempo, las historias sobre personas que se marchan han intentado explicar qué las empujó a hacerlo.

Duelo.

Pobreza.

Trauma.

Rebeldía.

Necesidad de encontrarse.

Son motivos reales y han producido grandes películas.

Pero existe otra pregunta que apenas aparece:

¿por qué resulta necesario justificar tanto la decisión de no quedarse?

Cuando alguien compra una casa y permanece veinte años en la misma ciudad, rara vez se busca una explicación psicológica profunda.

Cuando alguien decide pasar esos mismos años moviéndose, la explicación parece imprescindible.

Quizá sea simplemente porque una de esas decisiones encaja perfectamente dentro de la idea convencional de una vida adulta y la otra todavía no.

Y ahí puede estar el verdadero interés de estas películas.

No tanto en lo que dicen sobre quienes se marchan, sino en lo que revelan sobre quienes observan desde fuera.

Tal vez el nómada resulte incómodo porque cuestiona una equivalencia que normalmente pasa inadvertida:

permanecer no es necesariamente pertenecer.

Y moverse no significa necesariamente estar perdido.

Quizá todavía estemos aprendiendo a imaginar una historia en la que alguien se marche sin huir, continúe sin extraviarse y no necesite volver para demostrar que todo terminó bien.


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